Ingrid Escamilla: el espectáculo del feminicidio que tiene que acabar

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Las fotos de un cuerpo desollado en primera plana con un titular burlón debería prendernos las alarmas de todo lo que está mal con nosotros

El sábado 8 de febrero, Érick Francisco “N” de 46 años, golpeó, mató y desolló a su esposa, Ingrid Escamilla de 25 años. El feminicidio ocurrió en su propia casa, un departamento de la alcaldía Gustavo A. Madero. La barbarie de la escena fue retratada por algunos funcionarios; las fotos pronto fueron filtradas a la prensa.

Así, el 10 de febrero del 2020 los puestos de periódico amanecieron con una de las portadas más brutales de la historia: “La culpa la tuvo cupido”, decía el titular que acompañaba la foto sin censura del cadáver. “A días de San Valentín, hombre mata y deja desollada a su novia en un depa de la Gustavo A. Madero”, remataba la noticia del periódico Pásala.

Lo más desconcertante es que la foto de la portada del pasquín no tardó en hacerse viral y compartirse miles de veces, no sólo como una noticia de nota roja, sino como un meme.

No es la primera vez que las fotos de las autoridades se filtran. Tampoco es la primera vez que los medios revictimizan a las mujeres y niñas asesinadas.

En México se mata en promedio a 10.5 mujeres al día. De esos asesinatos, muchos de los que llegan a las planas de los periódicos o a la televisión se cuentan desde la misma historia conocida: crimen pasional. El caso de Ingrid Escamilla no es la excepción.

Y es que a Ingrid no sólo la violentaron antes de matarla. Después de que su asesino la cortó en pedazos para tirarla al drenaje, se le entrevistó como un testigo más, como a un hombre normal.

— ¿Cómo fue que la mataste?, le preguntaron los policías que lo detuvieron.

— Con ese mismo cuchillo que me golpeó, se lo enterré por el cuello.

— ¿Y dónde tiraste todas sus partes, todas sus piezas, la carne que le quitaste?

— Le digo que al drenaje…

— ¿Al drenaje lo aventaste?, ¿por qué querías ocultar los hechos?

— Por vergüenza, miedo…

Erick no sólo tuvo la oportunidad de contar su versión e identificarse humano, sino de medir su palabra contra el silencio de su víctima.

“Tenemos tan normalizada la violencia que le buscamos explicaciones. ‘Seguro algo hizo mal’ o ‘lo estaba engañando’. Son los reflejos de la cultura machista que terminan en pretextos comunes. Porque todos los asesinos dicen lo mismo: ‘ella me provocó y acabé descuartizándola’, ‘ella me amenazó y la maté’. Y no, los dichos de los agresores no se deben de contar nunca”, dice María de la Luz Estrada, coordinadora del Observatorio Ciudadano Nacional Contra el Feminicidio (OCNCF).

Las reacciones defensivas no son nuevas ni aisladas. Basta ver los comentarios de las noticias de feminicidios en redes sociales o poner atención en la calle, atender a los medios o comentar en nuestro núcleo cercano para escuchar y leer relatos que justifican los asesinatos bajo cualquier circunstancia y a toda costa.

La escritora Fernanda Melchor lo explica muy bien en su ensayo Baladas del hombre normal:

“Me parecen especialmente preocupantes los textos periodísticos que incurren en las mismas estrategias discursivas a la hora de informar a la sociedad sobre crímenes violentos cometidos en agravio de mujeres. En particular, y desde hace varios años, ha llamado mi atención cierto tipo de relato periodístico que presenta al victimario feminicida bajo el concepto del “hombre normal”: miembros perfectamente funcionales de la sociedad que, provocados por las acciones negativas femeninas, “pierden el control” y cometen violaciones y homicidios”.

Y ejemplos de estos relatos sobran. Ahí está El joven que tocaba el piano (y descuartizó a su novia), una crónica de Alejandro Sánchez González que publicó en Emeequis en 2014. A través de prejuicios y lugares comunes, el autor cuenta en su texto cómo una mujer cualquiera seduce y desafía la hombría de un joven prodigioso, amable y educado que termina por perder los estribos hasta matarla y descuartizarla.

O la historia de Lesvy Berlín Osorio, joven asesinada por su novio en Ciudad Universitaria en 2017, y a quien los medios y autoridades descalificaron como mala estudiante y drogadicta. Incluso la Fiscalía tuiteó detalles del caso que la estigmatizaron sin pruebas y hasta adelantaron que se trataba de un caso de suicidio.

“El año pasado fueron asesinadas 176 mujeres y niñas en la CDMX, y de esos, sólo 68 casos iniciaron sus investigaciones como feminicidio”, dice Luz Estrada. Y lo que muestran esos datos es que a pesar de que en la ciudad crearon la Fiscalía Especializada en Feminicidios, no ha mejorado la manera de investigarlos. El patrón de pensar que las mujeres son corresponsables de sus asesinatos permea en todos los ámbitos. La prueba: se siguen contando los casos donde los feminicidios se clasifican como suicidios.

Los juicios mediáticos son importantes. Gerardo Albarrán, defensor de audiencias de la Universidad Iberoamericana y la Universidad de Guadalajara, nos lo deja claro: El papel de los medios ante la violencia es informar pero también explicar. Los medios están obligados a dar el contexto suficiente para que la ciudadanía pueda entender todo fenómeno e incorporarlo en su propia realidad.

¿Poner la foto de Ingrid descuartizada en el periódico ayudó a explicar algo? “Definitivamente no”, dice Albarrán. “Poner la foto de Ingrid en la portada del periódico es una afrenta, una revictimización y una violación al derecho a la propia imagen”.

Las historias publicadas en estos tabloides, confirman que su existencia sólo cumple un objetivo: vender ejemplares haciéndo un espectáculo con lo que vive una víctima. Según Albarrán “independientemente de que las víctimas sean hombres, mujeres, niños o ancianos, estos medios no tienen los criterios éticos para difundir imágenes si no es desde el morbo. Lo único que buscan es lucrar con la desgracia ajena”.

En México no existe regulación alguna sobre el tratamiento burdo de una imagen. Incluso el derecho a la propia imagen todavía no está contemplado en las leyes mexicanas, pero en el caso de Ingrid, su familia podría apelar al derecho al honor y demandar por daño moral a los medios que difunden su imagen.

El mismo Albarrán, explica que “en última instancia podría recurrirse a la Comisión Calificadora de Publicaciones y Revistas Ilustradas que existe en la Secretaría de Gobernación, y que es la que da los permisos de licitud de contenido de las publicaciones. Tal vez esta sería una buena ocasión para revisar cuáles son los estándares que se usan para dar esos permisos de licitud y ver si eventualmente ese tipo de publicaciones ameritarían ser retiradas”.

Aunque retirar todos los ejemplares de la edición del 10 de febrero de Pásala sería un triunfo, hace falta más que eso para cambiar la realidad de las mujeres en México. Porque no sólo es el asesino justificando su crimen en cámara, son los policías que preguntaron para alimentar su morbo, es el que filtró las fotos, es el editor que decidió ponerlas en su portada, son todos aquellos que la vieron como un espectáculo y luego la compartieron como un meme.

La batalla no es contra un monstruo, es contra la manera de pensar de todos aquellos que justifican el asesinato de una mujer. Es contra los hombres “normales” y el sistema que prefiere que las cosas sigan como están.