JC Olivera/Getty Images

Juan Gabriel no fue un activista, pero desde el clóset abrió camino para el México gay

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Y no fue el único, Carlos Monsiváis también fue un gran defensor de las causas lésbico-gay; siempre siguiendo el ejemplo de Nancy Cárdenas

[Antes de empezar, aquí cabe un paréntesis —anticancelación— para explicar el contexto de por qué nombramos lo marica. El término se enmarca en el inicio del movimiento de la liberación sexual en México en 1970, cuando hubo quienes, resistiendo a identificarse como gays, encontraron en palabras como "marica" o "joto" una asimilación de izquierda, asumiendo su renuncia a los privilegios otorgados por la masculinidad desde su condición social y económica de periferia. Se puede consultar: Hernández, 1980 ] .

Ahora sí. Vamos al Noa Noa.

En México ningún amaneramiento es invisible. Como bien decía Carlos Monsiváis: «al que me vea, al que no me vea y al que se haga el disimulado». Y tal parece que cuando Monsiváis habló de visibilidad inevitable, describió muy bien a Juan Gabriel, ídolo hasta del que intentó evitarlo. Y no cualquier ídolo, sino el símbolo más exaltado de lo marica.

Desde el inicio de su carrera, como buen emblema de la cultura popular más orgullosa de sí, Juan Gabriel fue ese transgresor que irrumpió en el espectáculo para enseñar de feminidad masculina. Un desajuste del esquema varonil. Tal cual lo describió Antonio Marquet en 2001: «Juan Gabriel no es sólo el cantante del amor y el desamor (…) Baila rumba moviendo quebradamente hombros y cadera, intenta un asomo de strip tease y adopta con gran aspaviento gestos reservados exclusivamente para el sexo débil».

Y es que sí, el valor de ese ídolo estuvo en romper el canon macho al apagar la rechifla de la gente del pueblo, que no conoció de diversidad sexual si no desde la burla y el insulto: “maricón”, “joto”, “mayate”, “mariposón”, “puñal”, “puto” o “lilo”, adjetivos lejanos al gay de alcurnia, blanqueado por su color de piel, su dinero o su posición social.

Hubo en Juanga entonces un nuevo hijo preferido —y amanerado— del pueblo, que pasó por un proceso de modernización excepcional para ser femenino sin perder sus privilegios masculinos. Con eso, Juanga convirtió a la patria en su éxito particular: trajes de charro con hombreras y piedritas.

No importó ya que el divo, siendo un gran comunicador de su feminidad a través del baile y la parafernalia, hiciera tremendos rodeos a la hora de las declaraciones sobre sus preferencias sexuales que dejaron siempre la posibilidad de la inventiva y la duda.

“¿Juan Gabriel es gay?”, le preguntó Fernando del Rincón en una entrevista en 2002 para Primer Impacto.
— ¿A usted le interesa mucho?
— Yo pregunto.
— Pues yo le respondo con otra pregunta.
— Dígame.
— Dicen que lo que se ve no se pregunta, mijo.
— Yo veo un cantante frente a mí. Veo a un triunfador.
— Y eso es lo más importante, porque uno no vale por las personalidades que otras gentes pueden achacar, que esto y que lo’tro.






Juego de manos, manito
Para Juan Gabriel la negativa a “aceptar su homosexualidad” no fue defecto, sino artimaña. Contrario a lo que muchos piensan, esa escandalosa entrevista no fue su salida triunfal del “clóset de cristal”. Lo cierto es que desde 1985, el divo ya había sido expuesto como todo un casanova en el libro Juan Gabriel y yo, de Joaquín Muñoz, publicación que además de algunas historias del artista, contenía varias fotografías que mostraban a un tipo juguetón y coqueto, siempre rodeado de hombres con los que los acercamientos físicos eran tan evidentes que, por ello, eran casi incuestionables.

Pero el papel de "Don Juan de chichifos" no le llegó por decreto divino. Para nadie es secreto que después de muchos años difíciles, Juan Gabriel aprendió jugar muy bien la cartas de la fama y las influencias desde sus primeros éxitos en la radio. Nadie le regaló nada, pero tampoco había rival que pudiera resistírsele al artista o arrebatarle lo que con toda naturalidad, en su genio musical, consiguió: el cariño de la gente.

El historiador en temas de género y sexualidad Martín H. González Romero nos lo explica muy bien: “Lo que pasa con los artistas homosexuales, por lo menos a lo largo del siglo XX, es que el público les ‘perdonaba’ que tuvieran una sexualidad abyecta a sus ojos porque los consideraban genios. Ese era el caso de Juan Gabriel”.

Los hechos confirman la teoría, aún con todo en contra, a la mitad de los años 70, Juan Gabriel no tenía nada que perder. Hoy se sabe, por ejemplo, que desde 1984, la Dirección Federal de Seguridad (DFS) tenía abierto un expediente detallado sobre todos los aspectos de la vida de Juanga: sus propiedades, sus amigos famosos, sus conectes políticos, sus preferencias sexuales y hasta su paso por Lecumberri, cárcel en la que estuvo ocho meses acusado por la actriz Claudia Islas de robo y daño en propiedad ajena en 1970.

Y hasta de eso, al final, salió bien librado, pues a pesar de que lo espiaba el gobierno y padeció discriminación y golpes dentro de la cárcel por su condición sexual, sus últimos días tras las rejas los vivió protegido por el mismo director de Lecumberri, el general Andrés Puentes Vargas quien, a petición de su esposa, sacaba de la prisión al cantante para amenizarle las fiestas particulares. Incluso fue la misma esposa, Ofelia Urtuzuástegui quien, fascinada por su talento, pagó la fianza y se lo llevó a vivir a la casa del general Puentes por 11 meses. Más aún, gracias a la ley federal de transparencia, la información de su vida sexual y los detalles de sus propiedades serán confidenciales indefinidamente, y su expediente de conectes políticos está reportado como “extraviado”, además de que en lo que sí existe, hay contradicciones risibles como su lugar de nacimiento y nombre, según un archivo del Centro Nacional de Inteligencia, Cisen, que salió a la luz en marzo del 2019.

El carisma y el talento son importantes pero no lo son todo, menos si lo que hay en juego es la reafirmación de uno mismo en público. Porque como en todo, el contexto pesa, y aunque bastara con que el jovencísimo entonara ‘No tengo dinero’ para echarse a la bolsa al macho más adolorido, no era suficiente para pasar por alto lo evidente.

Así, la llegada del Juan Gabriel amanerado al empoderamiento público vino de la mano del nacimiento del discurso gay en México que llegó de rebote de Francia, España y Estados Unidos. Como siempre, los movimientos hippie y feminista hicieron la chamba dura y fueron los que motivaron a estudiantes e intelectuales, desde 1971, a formar los primeros grupos clandestinos de diversidad sexual, esos que con los años, y ayudados por la lucha de travestis y lesbianas, a salir a la calle a hacerse visibles, en la que ahora se reconoce como la primera marcha gay en México, en 1978.

¡Ahí estaba también Nancy… y Carlos!
Ninguna lucha se hace sola. Y Nancy Cárdenas y Carlos Monsiváis fueron parte fundamental de los revoltosos de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM que propusieron empezar el movimiento lésbico gay en México. A finales de los 1970, formaron los primeros grupos disidentes: Lambda (mixto), el FHAR (gays apoyados por travestis), y Oikabeth (de lesbianas).

Y no sólo eso, Nancy “ la siempre inoportuna ” Cárdenas, fue la primer celebridad del mundo cultural en declarar su condición de lesbiana. Y lo hizo a lo grande, en el noticiero 24 Horas de Jacobo Zabludovsky. Así, en plena cadena nacional, Nancy se asumió como lesbiana frente a millones de televidentes en 1973. Nada raro para la activista que llegó a la Universidad de Yale rompiendo plaza como actriz, y que se abrió camino en los saberes de Broadway, de donde luego exportaría grandes obras de teatro a México.

A esa desconocida Nancy no le hace justicia la historia, pues a diferencia de Juan Gabriel y Carlos Monsiváis a ella le sigue siendo ajena la afirmación obvia de que abrió la puerta a la diversidad. Sin embargo permanece, y en su patria no hay espacio para negar lo evidente.

La puerta invisible sale sobrando
«Salir o no salir del clóset; he ahí el dilema, diría el Hamlet gay reencarnado en Monsiváis, quien siempre se negó a declarar lo evidente porque le parecía ofensivo», escribió Braulio Peralta, en El clóset de cristal, una narración de la importancia de Monsiváis en el movimiento lgbt+ en México.

«Carlos se resistía a decir públicamente que era gay no porque quisiera ocultarlo, sino porque hacerlo le parecía discriminatorio. Las personas heterosexuales no tienen necesidad de publicar su orientación sexual», escribió Marta Lamas en ¡Qué se abra esa puerta!, una compilación de textos sobre Monsiváis que preparó Debate Feminista.

El mismo Martín H. González da sentido al afán por negarlo todo: «Monsiváis era una persona muy extraña. Tenía cierta dualidad. Por un lado era muy tímido pero por otro hablaba de temas vedados y se atrevía a tocar fibras sensibles de la vida cultural de México. Escribió mucho sobre sexualidad y de cómo las representaciones de México y la sociedad mexicana —en el cine— eran puritanas y reprimidas. Pero también era muy prudente en el apoyo que le dio al movimiento lésbico gay en los 70. Carlos tenía la idea de que había que dar una idea de una cultura homosexual “bien portada”, “decente”, pero por otro lado le fascinaban los personajes que rompían las reglas. A Monsiváis no es fácil encajonarlo en un sitio, porque él abarca muchas expresiones».

¿Monsiváis se salió con la suya? Sí, refrenda González. «Lo que dice de él Alejandro Brito es cierto: estaba consciente del papel central que tenía en la cultura en México y sabía cómo hacerlo. Estamos hablando de que a finales de los 70, la gente lo identifica ya como miembro de un circuito cultural al que le llamaban la mafia porque tenían un control de ciertos espacios en los que se podía publicar y presentar el trabajo intelectual. Así que no es descabellado afirmar que quizá fue más listo que todos y le resultó muy estratégico vivir así».

¿Hay ahora alguien que se le parezca a este trío: Juanga-Nancy-Monsi?
La pregunta no es ociosa, ¿lesbianas y homosexuales de hoy encontramos representaciones de activismo con las cuales conversar? Ni el mercado, ni el contexto, ni González creen que sí. La versatilidad se globalizó y el mes del orgullo, incluso para México, se sigue viviendo desde referencias de otro lado (Stonewall y Black Lives Matter, por ejemplo).

«Hay gente importante que trabaja aquí y allá y hace activismo, y hay influencers, pero ya. Tiene sentido porque de alguna manera ya no vivimos en un mundo cultural tan cerrado y la lucha se está democratizando. Pensándolo así, eso pondría triste a Monsi: el imperialismo ha ganado la batalla cultural y no hay figuras de peso en la diversidad sexual», remata González Romero.

Quizá sea cierto. Aún entre little monsters, seguidores de Ricky Martin o cualquier otro fandom de los actuales íconos lésbico-gay, hay un vacío que no empodera a la marica, al contrario, la efervescencia por sacar del clóset aún a quien no quiere salir reina en la dinámica social de la cancelación adelantada y poco reflexiva. Nos guste o no, la idea del gay blanqueado, educado, de bien y masculino, como si hiciera falta alimentar lo normal, sigue teniendo trono y reinado.

Es obvio que ni Juanga ni Monsi eran activistas de pancarta y puño alzado, incluso nunca abandonaron a la duda como aliada, como el contexto lo permitía, pero desde su clóset invisible hacían lo que muchos hoy olvidan: empoderar la mano caída de la patria marica, esa en la que de la vestida hasta el “masculino con lugar” tiene espacio para amar en libertad.

Disclaimer: Este texto fue escrito desde la disidencia sexual lesbiana, prieta, trabajadora y rabiosa. Bajo la noción de libertad del artista Rafael Montero: «La libertad es un hombre chiquito», y el concepto del boliviano Leonardo García-Pabón de «patria íntima»: identidades diversas que forman una nación clandestina y conflictiva que halla en su diferencia una pertenencia gozosa.