Kenya Cuevas: la heroína trans con el superpoder de la ternura

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En la tercera entrega de ‘Otros mundos posibles’, contamos cómo esta activista construyó su sueño: un refugio para mujeres trans

A Kenya Cuevas la muerte se lo ha cambiado todo. Primero fue la de su abuela, esa que la dejó desprotegida al grado de orillarla a prostituirse a los 9 años como la única manera de sobrevivir, no sólo por tener comida, sino por encontrar un lugar en donde acomodarse dentro de la violencia que aún no entendía pero conocía bien.

Después, con la prostitución, las drogas, el VIH y la cárcel, vinieron otras muertes, las de los deshauciados de los que, sin que se lo pidieran, decidió hacerse cargo. “En Santa Martha nos atendían hasta que llegábamos al cuarto donde todo el que entraba se moría. Yo al ver que esa gente era abandonada por todos, empecé a cuidarlos. Les llevaba la comida, les lavaba la cama, los limpiaba y los tenía risa y risa. A veces, se reían conmigo y a la media hora me avisaban que ya habían muerto, eso cuando no se morían en mis brazos”.

De vuelta en la calle, absuelta de delito y con la muerte como vieja conocida, hubo una más que dio el giro definitivo a su vida: la de su amiga Paola Buenrostro. “La muerte de Paola cambió todo, chula”, dice. Y sí.

Al frío de la noche del 29 de septiembre del 2016 lo atravesaron tres balazos y un grito.“¡Kenya, Kenya. Pum!”, así se cortó el silencio bullicioso de Puente de Alvarado, la calle más vieja del continente americano. Ante el llamado, Kenya corrió cinco metros para asomarse por la ventanilla del copiloto del coche que acababa de subir a su amiga Paola, quien ya estaba desvanecida. Ella enfrentó al asesino, quien jaló de nuevo el gatillo, pero no pudo disparar porque por fortuna falló la pistola.

Pero por desgracia también falló la justicia, pues a pesar de haberlo agarrado en flagrancia y hasta tenerlo en video, la policía lo dejó libre sólo 48 horas después de detenerlo. “Si ustedes son putas de la esquina, ¿quién les va a hacer caso?”, es la frase con la que la impunidad se le quedó grabada a Kenya .

Ahí comenzó un camino nuevo, pero ya no con la muerte, sino con la vida. El salto a otra realidad fue inevitable y aprovechó el mismo entierro de Paola para hacerlo. “Después de rogar por días que me entregaran a mi amiga y juntar para darle un entierro, al chofer de la carroza donde llevábamos su cuerpo le dije: ‘párate en medio de la calle’, le quité la llave y bajé el féretro en la mismo lugar donde ocurrió el crimen”.

“Si vas a hacer tu desmadre, hazlo bien”, le dijeron. Hizo caso y, sin querer, comenzó la carrera mediática que muchos conocen para exigir justicia. Y ya no sólo por Paola, sino por todas aquellas mujeres trans a las que se les ha negado la oportunidad de una vida justa, digna y sin violencia.

La era del refugio.
Para Kenya, cuidar a los demás es parte de cuidarse a sí misma. Ante la pregunta de ‘¿por qué lo hace?’, ni siquiera reconoce la posibilidad de no hacerlo, porque así ha sido siempre. Y es que ni vivir en la calle o no tener nada le ha impedido compartirse.

“Desde 2010, por mucho tiempo, ya en el trabajo sexual, apliqué lo que aprendí en prisión, en mi proceso de empoderamiento ayudé a otras compañeras a hacerse pruebas de VIH, las acompañaba a la clínica. Siempre en mi bolsa traía condones y les decía: cuidate mana. O mira, aquí traigo pruebas. Así empecé a hacerlo, de carnalas. Incluso si no tenían donde vivir, pues sí les decía ‘vámonos a mi casa y le echamos más agua a los frijoles. Aliviánate’”.

Pero después de Paola, en 2016, Kenya entendió que no era suficiente. “Yo sé lo que es el sufrimiento, y sé que cuando hay necesidad se pide ayuda por donde sea”.

Kenya soñó que podía construir algo mejor. Y así lo hizo, en 2018 logró constituir su asociación Casa de las Muñecas Tiresias , por la que hoy existe un refugio del mismo nombre a las faldas del Cerro del Chiquihuite, que ayuda a más de 20 personas en situaciones vulnerables.

No ha sido fácil, menos hoy, que incluso a ella la pandemia por Covid-19 la obligó a abrir las puertas de su refugio meses antes de lo planeado. “Al cerrar los hoteles, muchas quedaron en la calle y sin trabajo porque pues sin clientes cómo le haces. Un día tuve que decir, pues vámonos. Y llegaron varias, sin importar que tenían que dormir en el suelo porque no había camas ni donde cocinar”.

Más allá del trabajo logístico, económico, físico y anímico que implica tener un refugio que cuando opera con normalidad atiende a cerca de 20 mujeres trans que ahí duermen, comen, aprenden y lidian con la vida, Kenya reconoce que su transformación va más allá de las cuatro paredes que eso implica.

“Me transformé. Pero no sólo eso, la muerte de Paola transformó mi entorno porque tuve una visión. Supe que mi sufrimiento, mi experiencia y mis ganas ya no sólo me pertenecían a mí sino a otras mujeres que viven todo eso por lo que yo ya pasé. Yo ya viví el trabajo sexual, la calle, el vih, la cárcel y la condición LGBT”.

Y justo en la disidencia sexual, para Kenya no hay pendientes. Sin embargo, reconoce que son tiempos duros los que vivimos porque siempre hay enemigos donde menos lo esperamos: “No reconocer que las mujeres trans formamos parte de la diversidad de las mujeres, pues es violencia. Es falta de mirada y de derechos humanos, pero sobre todo falta de congruencia”, dice. Sobre esto Kenya se refiere a las mujeres autodenominadas feministas que están en contra de que a las mujeres trans sean consideradas mujeres, también conocidas como TERF, acrónimo que en español es Feminista Radical Trans-Excluyente.

Pero rápido sale del paso, no dedica mucho y concluye que, sin afán de reduccionismos, hay mucho por trabajar para entender lo que significan los derechos humanos.

Oír hablar a Kenya es como estar en un trance de ilusión. Su vida puede contarse por días o por años, por anécdotas pequeñas o por etapas, pero también, y sobre todo, por logros. No es época de campañas, pero si lo fuera, a Kenya la definirían los compromisos cumplidos con la vida: una nueva vida.