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Lupita D’Alessio le lavó los pies a su hijo Ernesto para pedirle perdón

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La diva de la canción mexicana contó cómo superó sus adicciones y recuperó a su familia

La vida de Lupita D’Alessio está marcada por muchos éxitos profesionales pero también por muchos fracasos personales, entre esos fracasos están sus adicciones, que afectaron mucho la relación con sus dos hijos mayores, Jorge y Ernesto.

Pero haciendo honor a su apodo de leona, Lupita logró superar sus problemas con las drogas, y a través de una plática con María del Sol, contó cuánto le costó mejorar su vida y componer los afectos con sus hijos, a quienes asegura les hizo mucho daño.

"Estaba llena de drogas. Había droga por todos lados y dije: 'Esto ya ni me hace, ni siquiera lo probé ni nada. Me voy a poner algo más fuerte'. Me acuerdo que había comprado una heroína para inyectármela en el brazo, pero no sé, fue Dios. Prendí primero la tele y estaba Ernesto cantando y vi alrededor y me desplomé (...) Dije: 'Yo no me quiero morir, quiero ver a mi familia", contó la cantante cómo fue el episodio que cambió el rumbo de su vida.

Lupita asegura que sentía una vida vacía y que no podía con la tristeza: "Había mucho desorden en mi vida. Una vida sin sentido, una vida vacía completamente. Los hice pasar muy malos momentos, o sea, los avergoncé muchísimo. Eso fue muy triste para mí. Una enferma no lo ve porque estaba enferma".

Confesó que lo más difícil en su vida vino después de la rehabilitación, pues tuvo que asumir las consecuencias de todo lo que había hecho y lastimado a sus hijos, sobre todo a Ernesto, quien no la quería ver a pesar de que Carlos, su “padre espiritual”, fue quien le ayudó a su madre a internarse y a superar las adicciones.

"(Ernesto) Llegó a la casa que había rentado y le lavé los pies. Le empecé a lavar los pies y me toma de la mano y le dije: 'No hables. Déjame hacer las cosas a mí, por favor'".

Aunque él le dijo que no tenía nada que perdonarle, ella siguió lavándole los pies para pedirle perdón, recordando a Cristo cuando lava los pies a los apóstoles en un acto de reconocer la vergüenza y ofrecer humildad.

"Le di un beso en cada uno de sus pies y le dije: 'Perdóname, hijito por haberte lastimado'. Me dijo: 'Mamita, no tengo nada que perdonarte' y le dije: 'Sí, hijo porque te hice mucho daño'. Se paró y me abrazó", dijo.