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Se quedó un buen ratito mateo conmigo, y entonces ahorita que se regresa con su papá, es como, ay, es terrible. Hoy sé que está ahí, y está bien, o sea, lo sé.
Soy yo la que, hoy. Lo necesita en tus brazos.
Mateo, mamá, voy a ir a una fiesta con mis amigos. Ah, sí.
Diosito, por favor, que no se queme. Hasta el día que nace mateo, mi depresión postparto sí fue muy fuerte.
No de quererle hacerle algo a él, pero sí a mí. Ah, caray.
Nació en miami, me dolió mucho no darle leche, no bajó leche, no pude amamantarlo. Pero cuando llego a méxico, que fueron dos semanas después, mi doctor de allá no me quiso dar nada porque yo le decía, oye, me siento muy mal.
No, tranquila, es normal la depresión. Hasta que llego aquí, mi ginecólogo le habló y le dijo, doc, ¿qué me está pasando?
¿qué pasó? Es que yo quisiera morirme y estoy pensando nada más en hacerlo de una manera.
Yo estaba pensando si era con pastillas, si... Ah, ya, ya, ya estabas en el...
Sí, ya estaba pensando... ¿cómo vamos a proceder?
¿cómo voy a proceder? Si le digo al papá de mateo...
Qué lindo que lo hablaste. Que lo dejo en una carta escrita.
O sea, yo ya lo estaba... Ya, ok, ok, ok.
Y entonces el otro me dijo, a ver, tranquilízate, no pasa nada. Te mando la pastilla, en este momento te la tomas, porque le expliqué que tampoco, le conté que no pude dar leche.
Me dijo, es el momento, les juro, de verdad, se los juro, que al tercer día que yo tomé las pastillas... Ya.
Ese momento, ya sabes, cuando empieza a entrar aire por aquí, que haces... Sí.
Ay, ok, ok, esto no está tan mal. Ay, mi amor.
Ah, ok, sí puedo, sí podré ser buena mamá. Ajá.
Sí. Y empecé a ver todo de colores, porque hasta en el momento...
Porque yo era muy fregona, ¿no? Cuando estaba embarazada, dije, yo no voy a necesitar ayuda, claro que no, yo puedo sola.
Que en el momento que me vi la primera noche, porque todavía el hospital está padre. Sí.
Ajá. El hospital todavía...
Sí. No sientes eso.
Sí. La bronca es la primera noche en tu casa, cuando se te ca...
Cuando te cae el 20 de... Que esa vida depende de ti.
Y ahora, ¿qué hago con este pedazo de carne, no? Ajá.
Eh, de ahí comenzó como, ahí sí supe lo que era ese ruido en tu mente. Claro.
Y hasta el día de hoy, digo, mateo, ya con 14 años, sí les puedo decir que hasta el día de hoy yo no puedo dejar terapia. No.
Sobre todo, hay días, no les puedo decir que todos, pero sí hay días en las noches que me... Mis monstruos, esos nocturnos, vienen y me...
Hola, galilea, ya llegué. ¿cómo nos vamos a morir hoy?
Ay, cómo me molestan en la noche. Cómo me molesta esta parte de, mateo, mamá, voy a ir a una fiesta con mis amigos.
Ah, sí. Diosito, por favor.
Ah, sí, sí, sí, sí. Y empiezo ellas a decir, ¿me puedes hablar en el momento que ya llegues a tu casa?
Y él, la plena edad de, sí, ahorita te marco. Nunca.
Nunca marcan. Nunca marcan, nunca marcan.
Nunca marcan, dios mío. ¿qué más les da?
¿qué más les da? ¿qué más les da?
No es un mensaje. Llegué.
Ya nada más. Ya me voy a dormir.
Gracias, nos cambia la salud mental. Y la mente es, empieza, ¿sabes?
Y sí, sí, sí, y sí. Y es que contigo está bien padre, o sea, que te diga, que aparezcan los demonios, de que, ni, ni, ni, ni.
No, sí, no, pero para abajo. Pero cuando son para los hijos, es, no, estás chingando ahorita.
Yo hice pacto con dios, ¿eh? Gali, ¿cuál es la peor decisión que has tomado estando emocionalmente vulnerable?
Ahora verás, ahora verás. Divorciarme.
O sea, pues sí, o sea, no, siempre he pensado que divorciarte no es de, de la noche a la mañana. Yo creo que cuando tomas la decisión de divorciarte.
Es porque ya. Es porque han pasado muchas cosas, ¿no?
Y, y, y muchos intentos, y muchas platicadas, y mucha terapia, y, y, y hasta que... Que llega un momento que dices, o tomamos la decisión, o quién sabe dónde va a parar esto, o ya no vamos a tener igual oportunidad tú de rehacer tu vida, yo de rehacer mi vida.
Este, fue muy difícil. Creo que de los peores momentos que he vivido, y mira que he tenido varios, pero sí, sí, yo creo que sería esa, y es muy difícil tomar la decisión, muy, muy difícil.
Gracias por compartir, netas. Las queremos.
Ay, gracias. Que gracias, ángela.
Yo te quiero hacer una pregunta que tiene que ver con nuestro tema de hoy, y me la quiero hacer a mí y a ustedes, netas, porque creo que esta pregunta le da el, ¿qué es lo que más afecta tu salud mental actualmente o recurrente? El trabajo, las relaciones, el dinero, o compararnos constantemente con los demás.
¿qué te, qué te, o sea, qué afecta tu salud mental? Me dice, asusta.
¿qué te afecta? Esto me va a afectar.
Esta ocasión que me fui de vacaciones, con mi pareja, me di cuenta que, que me angustia muchísimo mateo, o sea, si algo me puede llevar a mí a, a que mi cabeza empiece a volar, o sea, es decir, güey, lo tengo a, como quieras aquí lo tengo a 45 minutos en avión, ¿no? Pero el no tenerlo, me, me, me, o, o pensar que 18 horas.
No. O tantas, o tantas, por eso yo de, güey, me voy a ir a vivir a españa, ta, güey, si mateo no se viene conmigo, no, me podría ir a españa, porque como quieras, aquí lo tengo a 45 minutos y todo el tiempo es estar, no arriba de él, porque sé que es un adolescente, ya tiene sus amiguitos, la novia, entonces hay que aprender como papás a darle los espacios, pero este nido vacío, güey, cómo cuesta, cómo, me cuesta muchísimo.
Sí, sin duda. Así marisol, ¿tú tienes algo que te afecte específicamente?
Sí, un poco de eso y otro de este, de todo. Pero justamente creo que mi punto más vulnerable siempre ha sido mi hijo hombre, tiene ya 17 años y justo.
Iguales. Sí.
Iguales. Y este, justo es ese estira y afloja de que los, los educas para que vuelen y luego.
Y cuando van a volar. Cuando van a volar dices, no, espérate tantito.
Oh, dios. Y tienes que ir aprendiendo a, a renovarte como mamá y hasta dónde y poniéndote límites.
Sí. Entonces, y sí, patricio, es mi punto, siempre lo ha sido más vulnerable.
Si, si estoy mal con él, si me enojo en la mañana antes de que se vaya a la escuela, híjole, me cuesta. Todo el día.
Todo el día desengancharme de eso y quedarme pensando en cómo resolverlo, cómo arreglarlo. Y cuando el güey regresa de la escuela ya ni se acuerda, ni le importó.
Y toda. Y yo, ok.
Ay. Siempre he dicho que es como.
Ay, pásame un crin. Mi mayor estrés.
Estás de chillona. Estás de chillona, bebé.
Pero sigo y estoy de chillona. ¿por qué?
Porque cuando me canso mucho, me viene. Llorar.
Me pongo sensible. Sensible.
Pero estoy justamente pensando. Se quedó un buen ratito mateo conmigo y entonces ahorita que se regresa con su papá, empieza otra vez.
Es como, sí. Ay, sí, es terrible.
Ay, pero bueno, ahorita, ahorita se me quita. No, llora.
Tranquila. Ahorita se me quita.
Ahorita, ahorita con tu agüita de jamaica. Gracias, hijo.
Pero, ¿qué te duele, mami? ¿qué, qué sientes?
¿soledad cuando se va? ¿sientes que le puede pasar algo?
Eso, eso. Que si no está y que esté vacío.
Sí, esa parte de, ¿sabes? Extrañando.
Digo, sé que está ahí y está bien. Sí, sí, sí.
O sea, lo sé. Soy yo la que hoy.
Lo necesita en tus brazos. Sí.
¿sabes que la adolescencia es la oportunidad para arreglar lo que no pudiste en la infancia? Es una segunda oportunidad porque no es una adolescencia solamente de tu hijo.
También tú. Tuya.
Estás pasando por una segunda adolescencia que es ya en la adultez. Y es este trabajo de ver su cuarto vacío.
No, no, no. Es que el cuarto vacío.
De que no te llame para avisarte que está bien. Esa, esa parte.
Esa parte. Y sabes que está bien.
Sí, lo sabes, claro. Y sabes que todo está bien.
Pero, sí, es, es muy duro. Ay, yo escribí algo justo del cuarto vacío de mi hijo.
Ay, a ver. Lo quiero leer, pero lo tengo que encontrar.
Entonces, platíquese. Ay, ¿nos vas a hacer llorar más?
Sí, porque la... No.
Sí. Ya estate.
Esta mañana pasé por el cuarto del día a mi hijo. La puerta estaba abierta.
Las luces apagadas. Las cortinas cerradas.
Y la cama estaba hecha. Por un momento me di cuenta que olvidé.
Olvidé que vive en otro cuarto ahora. Mierda.
Perdón. Olvidé que tiene una vida en la que ya no recorre estos pasillos a diario.
Olvidé que esa parte de mi trabajo estaba hecha. Hubo un tiempo en el que me tropezaba con tenis gigantes, toallas húmedas, malteadas de proteína a medio tomar.
Hubo un tiempo que eso me hacía rabiar. Hoy daría todo por tropezarme otra vez con sus tenis apestosos.
Y su bola de toallas. Ahora el silencio me toma desprevenida.
A julián, mi hijo, el más chico, le gusta su espacio. Disfruta el sosiego.
La calma de su entorno. Entonces la casa está callada.
Susurra. Nadie te previene de esta etapa que te deja sin aliento.
Te sientes tan llena de orgullo que podrías explotar y al mismo tiempo el extrañamiento se instala en tu garganta todo el tiempo. Lo veo empezar a vivir su vida.
Lo veo empezar a construir sus sueños. Lo veo empezar a tomar decisiones que no son las que yo tomaría.
Y debajo de todo este silencio hay una constante. Haría y daría todo por él en todo momento.
No porque necesite que lo rescate, sino porque vive en mis células para siempre. Amar a hijos grandes es diferente.
Es menos de darles la mano y más de darles su espacio. Es menos de arreglar y más de confiar.
El amor sigue siendo igual. Animal, protector, profundo.
Siempre tuvo raíces, pero ahora también tiene alas. Qué lindo.
Qué bonito.