proyecto Ixchel Aradia

Indígenas Chuk Muk y Mazahuas están usando la copa menstrual gracias a este proyecto

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En México y Guatemala, el proyecto Ixchel Aradia trabaja para que más mujeres tengan opciones para gestionar su menstruación a bajo costo


Estaban decididas a hacer de la copa menstrual un objeto más cotidiano y cercano a las mujeres de todo México. Estaban también convencidas de que el valor promedio de 600 pesos que cuesta una copa certificada en el mercado desalentaba incluso a las entusiastas jovencitas de clase media que querían nuevas opciones más ecológicas para gestionar su menstruación . Para cumplir con su objetivo, la mexicana Steph Ferrera y la española Laia Cerqueda crearon el proyecto Ixchel Aradia , una apuesta no solo para conseguir copas menstruales más baratas, sino además para hacer que esta alternativa fuera una verdadera solución para miles de mujeres.

Así fue como hace cinco años, mientras exponían sus copas menstruales -todavía objetos raros en la capital- en un tianguis, una mujer indígena mazahua se les acercó y les dijo tajantemente: “Yo quiero eso para mi comunidad”.

Sorprendidas por la intención de la mujer, le dieron más detalles de las ventajas de la copa y lo pertinente que era para grupos aislados en donde ir a comprar compresas era un problema. Le advirtieron, sin embargo, que era necesario que la comunidad tuviera acceso a agua potable, porque era fundamental para el lavado de este objeto íntimo y le contaron de los beneficios económicos de la copa si se tenía en cuenta la vida útil de más de 5 años.

Finalmente le hablaron de las transformaciones que podría traer en las mujeres el hecho de tener un contacto distinto con su sangre, al poder verla ahí, natural y no absorbida por químicos y algodones. Eso, sin embargo, de todas las ventajas fue lo que a la indígena mazahua le causó menos sorpresa, al fin y al cabo, las mujeres de su comunidad durante siglos sangraron de manera libre, sin usar ningún tipo de producto higiénico, solo cubiertas por sus amplias capas de faldas que disimulaban cuando caía la sangre que era derramada libremente sobre la tierra.

Este encuentro y otros parecidos que fueron teniendo con comunidades indígenas con las que compartían lugar en un mercado popular, le fue abriendo un destino inesperado a su proyecto. “Tenemos ya más de 5 años trabajando con las mujeres chuk-muk , en Santiago Atlitlán, Guatemala; mujeres que tienen una cooperativa de tejedoras. Las conocimos en un evento de fin de año en el que ellas colaboraban y fueron ellas las que nos invitaron a su comunidad. Ellas querían la copa”, cuenta Laia Cerqueda.

“No queremos asistencialismo, cuando una comunidad de mujeres indígenas conoce el proyecto y la quiere comenzar a implementar, nosotras creamos con ellas un programa de educación menstrual, en donde armamos todo un proceso de reconocimiento del cuerpo, de anatomía, de ginecología natural, de siembra de luna y las entrenamos sobre el uso de esta alternativa. Necesitas todo un grupo de apoyo”, explica por su parte Steph Ferrera.

Entregar copas a comunidades indígenas, no era, como la misma Ferrara lo confiesa, “llegar con chocolates”. Era necesario dar instrucciones precisas de uso. Pero al ser la copa menstrual un objeto que se inserta adentro de la vulva, era necesario tener conversaciones no solo sobre la menstruación, sino sobre la vulva misma y ninguno de los dos temas era sencillo por todos los tabúes que los rodea.

Al empezar su trabajo con esta comunidad descubrieron, por ejemplo, que mientras oían en uno de los dialectos mayas a las mujeres contar sus experiencias sobre la menstruación, las únicas palabras que lograban entender eran las relacionadas con el aparato reproductivo de las mujeres. Vagina, menstruación, útero, óvulos eran efectivamente palabras que en su lengua se habían olvidado y que ahora las tomaban prestadas del español para nombrarlas.

Si la memoria colectiva había olvidado la palabra para nombrar esas partes, no era de extrañar la gran vergüenza que rodeaba todo el tema de la menstruación. “En alguno de nuestros círculos fuimos testigas de cómo por primera vez una joven con su hija en brazos le contaba a su madre ya hecha abuela cómo había sido su primer periodo”, recuerda Laila, quien asegura que en sus talleres de uso de la copa han logrado rescatar la palabra de ese dialecto para referirse a la vulva.

Con las mazahuas, las zapatistas, y las chuk-muk el proceso de introducir la copa menstrual, un objeto que todavía no termina de hacerse popular entre las mujeres de las ciudades, ha detonado en paralelo una conversación porque las mujeres conozcan mejor sus genitales, ha dejado de manifiesto la gran preocupación que tienen las mujeres por saber cuando pueden quedar embarazadas y ha creado espacios en donde temas indecibles y palabras innombrables se dicen.

Steph y Laia, sin embargo, quieren seguir su trabajo en paralelo en las ciudades y por eso además de los asentamientos indígenas han llevado también la copa menstrual a lugares tan disímiles como festivales de música electrónica en donde han creado espacios para que las mujeres conozcan y usen las copas menstruales y en lugar de crear cientos de miles de desechos tóxicos con sus toallas o sus tampones, siembren su sangre como si fuera abono para la tierra en un espacio destinado para eso, en donde en lugar de desechos plásticos se siembra un jardín.

“Tanto con las mujeres indígenas como con las mujeres de la ciudad la copa se convierte en una manera en la que algo tan orgánico como la sangre, algo tan sagrado como la menstruación, deja de podrirse en compresas llenas de químico y de plástico y más bien, tan limpia y natural como es, regresa a la tierra”, concluye Laia.