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La impensable razón que aleja a cientos de niñas mexicanas de la escuela: su menstruación

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El ausentismo escolar durante la menstruación es un problema mundial. Sin embargo, en México no está estudiado y apenas se habla de él

Su menarquia (primera menstruación) llegó entre pirotecnia, música de banda y ollas de mole, el mismo día de la fiesta patronal de su pueblo. Victoria vive en San Lorenzo Atemoaya, en Xochimilco, la segunda alcaldía con mayores índices de pobreza en la Ciudad de México. Mientras su familia y vecinos festejaban, ella, que estaba a punto de cumplir 10 años, sufría por primera vez los insoportables dolores que ha enfrentado desde entonces.

Ahora tiene 14; cursa tercero de secundaria en una escuela pública de la zona. Es una chica sonriente, llena de energía, que al platicar agita las manos y se pone el lacio pelo negro detrás de la oreja una y otra vez. Le brillan los ojos cuando habla de sus amigas o de su sueño de estudiar Derecho para ser jueza. Sin embargo, cuando menciona su menstruación, no puede evitar hacer muecas de dolor .

Baja la mirada y pellizca la tela de sus jeans al recordar cómo hay días en los que de plano no puede asistir a clases. O a veces sí va, pero después de un par de horas, no puede más y las maestras llaman a su mamá para que vaya a recogerla.

“Me dicen ‘Está reglando y se queja muy feo. A ella le viene como si fuera a tener un chamaco, se queja muchísimo”, dice Areli, su mamá. Victoria ama aprender y disfruta casi todas sus materias. Se siente muy mal cuando falta. “Le digo a mi mamá: ‘Ay, para qué existe la regla, si nada más viene a perjudicar mi vida’”.

El caso de Victoria no es aislado. El ausentismo escolar durante la menstruación es un problema mundial. Sin embargo, en México no está estudiado y apenas se habla de él. “Hay muy poca información”, dice Paola Gómez, Oficial Nacional de Educación en UNICEF México, quien señala lo graves que son las consecuencias de este fenómeno a largo plazo.

“Tenemos que 43% de las estudiantes en periodo menstrual prefieren estar en otro lugar en vez de la escuela. Si una de ellas decide faltar uno o dos días por mes, eso se acumula al final del año en un rezago educativo. Y el tema de higiene menstrual está concatenado a muchas otras cosas, que hacen que las niñas en secundaria y media superior decidan dejar la escuela”. El dolor es sólo una de las barreras con los que se topan las niñas y adolescentes mexicanas para estudiar en igualdad de condiciones con sus compañeros.

La hazaña de ir al baño

Uno de los grandes obstáculos que enfrentan las niñas menstruantes para ir a clases es la falta de infraestructura higiénica adecuada. Según el Censo de escuelas, maestros y alumnos de educación básica y especial, realizado por la Secretaría de Educación Pública en 2013, 87.2% de los planteles contaba con sanitarios y en el 69% había agua potable.

“Pero cuando vas a las escuelas te das cuenta de que el baño no funciona, que está destruido o no tiene agua corriente. Lo que reportan las autoridades educativas difiere de la realidad”, dice Paola Gómez. Por su parte, el Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (CONEVAL), informó en 2018 que el 28% de los planteles no reciben agua diariamente, lo cual afecta el cumplimiento de los derechos al agua, a la salud y, a su vez, a la educación.

Por su parte, la organización Save The Children , como parte de su campaña #ConstruyendoIgualdad en México, encontró que 75% de las niñas están preocupadas por usar el baño de la escuela. Dentro de ese porcentaje, 56.3% temía que no hubiera agua. A eso hay que sumarle el factor (in)humano de las autoridades escolares.

En la secundaria de Victoria sí existen estos servicios, pero además de que no hay suficientes inodoros para la cantidad de estudiantes, el acceso está restringido. Durante los recesos, no se les permite ir al baño.

Así como se lee. Hay prefectos custodiando las entradas. Dice Victoria que esta medida se implementó para evitar que las y los adolescentes se corten y autolesionen, pero en lugar de atacar el problema de raíz con información de autocuidado y salud mental, se trunca el derecho fundamental a la salud e higiene. Tampoco se les permite pasar al sanitario a la hora de salida, a pesar de que hay alumnas y alumnos que viven a más de una hora de distancia de la escuela.

Médicos que no ayudan

También está el problema de acceso a la salud y desinformación dentro del sector.

En San Lorenzo no hay clínicas públicas, y en las de los pueblos aledaños no quieren recibir a Victoria y su familia; alegan que “no les toca ahí”. Por eso decidieron acudir a un consultorio particular con una médica general. “Me estaba muriendo, mi mamá estaba muy preocupada, sentía que se me quería salir algo”, recuerda Victoria. “Nos dijeron que su bazo estaba frío, y que eso se puede ir quitando si cada mes le doy de comer cosas calientes”, dice Areli. A partir de aquella consulta, Victoria y su mamá atribuyen los dolores menstruales a que a ella le gustan los alimentos y bebidas a baja temperatura.

Yoalli Palma Orozco, médica con especialidad en ginecología y obstetricia, dice que este diagnóstico y recomendaciones no tienen ningún fundamento científico. También advierte sobre una tendencia que urge revertir: la normalización del dolor menstrual. “El término médico es dismenorrea y no, no es normal. Puede ser primero, producida por unas sustancias que secretamos al menstruar llamadas prostaglandinas, que se inhiben cuando tomamos analgésicos como ibuprofeno. Pero también puede ser secundaria, y esas son las peligrosas”, dice. Yoalli.

La especialista explica que este dolor puede ser señal de un padecimiento subyacente, como endometriosis o miomas. “Por eso es bien importante que el diagnóstico sea hecho por una ginecóloga o ginecólogo que solicite estudios y empiece un tratamiento”. Dolores como los de Victoria, que alteran la vida cotidiana y no le permiten a quienes las sufren realizar sus tareas cotidianas, reciben el nombre de “dismenorrea incapacitante” y con mayor razón deben ser atendidas por especialistas.

Sin embargo, la misma doctora que les diagnosticó lo del “bazo frío” las disuadió de acudir con un ginecobstetra. Les dijo que Victoria era muy joven y que debían esperar.

El mito de que las niñas no pueden ir al ginecólogo viene del conservadurismo y del control de la sexualidad de las mujeres, por un excesivo cuidado de su “virginidad”, la cual es una construcción social que ni siquiera tiene una definición biológica o médica. “Esta gente cree que los diagnósticos sólo se pueden hacer con un tacto vaginal, pero se pueden obtener con ultrasonido abdominal, resonancia, tomografía e incluso laparoscopía”, explica Yoalli.

Desde su experiencia como activista, Joy Valverde confirma la falta de conocimiento y empatía por parte de médicos. Ella es creadora de Menstruación Consciente San Luis Potosí , un proyecto que busca combatir los estigmas relacionados con los procesos naturales de los cuerpos femeninos. Le da pláticas y talleres, no sólo a niñas y adolescentes, sino a personas en todos los niveles educativos.

“He trabajado con médicos en formación que nunca en su vida han tocado una toalla. Trabajando con ginecólogos me doy cuenta de que tienen percepciones basadas en mitos y no en condiciones fisiológicas. Eso es muy riesgoso porque se naturalizan violencias ginecobstétricas o violencias menstruales, esto de ‘el dolor lo van a vivir todas, te tienes que acostumbrar’”.

La recomendación de Yoalli, además de invitar a las mujeres a deshacerse de la idea de que la dismenorrea es normal, es tener paciencia y presionar a los médicos generales para que canalicen a las niñas y mujeres con un especialista. “Está miserable el sector salud, pero a pesar de eso tenemos recursos. El problema es que muchas veces nos desesperamos y decidimos ir con el doctor de la esquina, pero a veces los médicos manipulan y se aprovechan de la vulnerabilidad de la gente”.

El estigma menstrual

Cuando están en su periodo, Victoria y sus amigas invierten un esfuerzo enorme en que nadie lo note. Si alguna niña necesita una toalla, la pide entre susurros. Han desarrollado sofisticadas formas para esconderlas dentro de la manga del suéter y luego colocarlas disimuladamente en el bolsillo o en la mochila de sus compañeras, como si fueran drogas ilegales.

Hay mucho miedo de mancharse. La falda del uniforme, al igual que el de la mayoría de las secundarias generales del país, es color gris claro. Un diseño sin perspectiva de género, incapaz de ocultar fugas menstruales de los principales bullies: los varones.

Joy Valverde dice que, generalmente, siguen sacando a los niños del salón cuando van a dar pláticas sobre menstruación. “Su argumento es que a las niñas les va a dar vergüenza y que ellos son muy invasivos; pero separarlos refuerza esa idea de que son temas de mujeres, que ellas son las únicas que deberían informarse”. Dice que esta separación es la que provoca gran parte de los “chistes”, además de distancia, desapego y, a la larga, violencias más graves.

En su experiencia, Joy ha visto que el ausentismo también ocurre en escuelas privadas y sectores privilegiados, precisamente por miedo a que otras personas se den cuenta de lo que ocurre.

“Me he topado con niñas que no quieren ir a la escuela mientras menstrúan porque en su casa les dijeron que ‘apestas’ en esos días, en un sentido de olfato, y que los demás se van a dar cuenta; por cuidar ese aspecto prefieren no ir. A otras les ha pasado una situación de violencia, desde muy ligera, como chistes o carrilla, hasta jaloneos en los baños, que los maestros y maestras las saquen de las aulas, que las evidencien enfrente de los compañeros para marcar la pauta de que eso no se hace”.

Lo que Joy recomienda es un abordaje más humano. “A lo mejor, mamás y maestras no ubican bien los términos médicos, pero sí pueden hablarlo desde su propia experiencia. Los conceptos supertécnicos no les dice tanto a las niñas como que una profesora salga con una toalla en la mano sin ninguna preocupación, en lugar de que se la esconda debajo de la blusa como si fuera narcotráfico”.

Falta de acceso a artículos de higiene

Dice Victoria que cuando una alumna necesita una toalla y no la consigue entre sus compañeras, está la opción de ir a la oficina de trabajo social, donde las venden a cinco pesos.

Para muchas de ellas, eso es un montón de dinero.

“Algunas niñas faltan porque no les dan algo con qué gestionar su menstruación. En espacios comunitarios es común que utilicen productos desechables, pero no siempre; los usan un ciclo sí y el otro no, o el día más abundante y todos los demás con trapitos, o hacen sangrado libre sin saber que lo están haciendo. Sobre todo si hay más mujeres en sus casas”, dice Joy Valverde.

Según datos de UNICEF , en el estado de Chihuahua un 30% de las niñas y adolescentes usan papel higiénico en lugar de toallas sanitarias u otros productos. Y el 64% de las niñas señalaron que no hay toallas en sus escuelas.

“Nos encontramos con cifras alarmantes: en un hogar del decil 1, es decir, el más bajo, que percibe 3 mil pesos al mes, donde vive una familia hipotética conformada por mamá, papá y dos hijas, comprar toallas para tres personas es un gasto muy grande, representa casi un 10% del ingreso mensual”, dice Anahí Rodríguez, internacionalista y miembro del primer Parlamento de Mujeres en la Ciudad de México. Ella y Maira Melissa Guerra propusieron una iniciativa de ley para distribuir, de forma gratuita, productos de higiene menstrual en escuelas, centros de salud, albergues y entre personas en situación de calle.

“Somos la mitad de la población, y de esa mitad somos 65% en edad fértil, ¿cómo puede ser que nadie piense en nosotras?”, dice Anahí. Para sustentar la propuesta, se basaron en la Ley General de Salud. “El Artículo 4 habla del ‘bienestar físico y mental del individuo para contribuir al ejercicio pleno de sus capacidades’. A eso, si le pones perspectiva de género, se puede interpretar como que necesitamos toallas, tampones y copas”.

“Es el tipo de temas por los que a mí me interesa que haya mujeres en el Congreso. Aquí es donde las bancadas de género y paridad tienen sentido, cuando tienen que impulsar los derechos de las mujeres. Es un tema que pone muy sobre la mesa el dicho feminista de lo personal es político”, dice Maira Melissa Guerra.

Hacia políticas públicas

La propuesta del Parlamento de Mujeres, que se discutirá en el Congreso de la Ciudad de México, no es la única. En otros congresos locales han aparecido iniciativas similares. También se ha hablado de quitar el impuesto a estos productos a nivel federal, porque es innegable que son de primera necesidad. Y aunque ninguna se ha concretado, Maira Melissa Guerra cree que el simple hecho de que se esté hablando de estos temas es buena señal.

Por su parte, UNICEF estableció una alianza con la compañía Essity, dedicada a soluciones de higiene y salud. Están mapeando la situación real en varias escuelas del país para desarrollar planes integrales que incluyan empoderamiento y cambio de hábitos, combate de estigmas, acceso al agua, métodos de desecho de productos sanitarios y mejoramiento de instalaciones. “El tema de higiene menstrual está vinculado a infraestructura adecuada y digna, y tiene que ir vinculado a un compromiso individual y social. Es lo que estamos trabajando con autoridades educativas, con autoridades estatales, con las propias niñas y niños y padres de familia”, dice Paola Gómez de CONEVAL.

Paralelamente, Save the Children se unió con la marca de toallas sanitarias Always para donar producto a alumnas de escuelas públicas en Ciudad de México, Puebla, Yucatán e Hidalgo, así como sensibilizar al magisterio en temas de igualdad de género. De acuerdo con el sitio de la campaña “Más toallas, menos faltas”, se capacitó a 110 docentes de 37 escuelas, en beneficio de más de 3000 niñas y niños.

Aunque estas iniciativas resultaran exitosas, seguirían siendo insuficientes. La misma Paola Gómez, de CONEVAL, señala que el gobierno ha ignorado el tema menstrual y que se lo deja al sector privado. Por eso, desde UNICEF están intentando vincularlo a políticas públicas a través del tema de violencia de género.

Las Secretarías de Educación Pública y de Salud tienen un trabajo pendiente: reconocer que el ausentismo escolar es un problema, buscar soluciones de raíz y tener paliativos para que el aprovechamiento escolar de las niñas no se vea afectado.

¡Las Victorias de México!

Victoria va muy bien en la escuela, tiene un promedio alto y el apoyo de su familia, que es de clase media y no enfrenta una situación de precariedad. Por eso, aunque no existan protocolos escolares para prevenir el ausentismo o ser flexibles ante él, le es fácil ponerse al corriente. Otras niñas no tienen la misma suerte. En esa misma secundaria, hay chicas que faltan porque en su casa no hay dinero para comprar toallas. Si no llevan justificante médico (a pesar de que no existen clínicas suficientes ni acceso universal a la salud), les ponen inasistencia y sus calificaciones se vienen abajo. No existe empatía por parte de las maestras ni una medida desde la SEP para resanar estas desigualdades.

De forma intuitiva, Victoria y sus amigas usan sus privilegios para ayudar a otras jovencitas. Les regalan toallas, les avisan cuando se manchan y les prestan ropa para disimularlo, las cuidan del bullying de los niños, las ayudan a escabullirse al baño a pesar de que está prohibido usarlo. Incluso han tenido que explicarles, desde cero, qué es la menstruación a compañeras que un día se ponen a llorar porque están sangrando y no tienen idea de lo que pasa en sus cuerpos.

Lo que hacen ellas es más feminista que cualquier medida que los congresos, organizaciones y secretarías federales y locales hayan aplicado. Si realmente les interesa la equidad de género más allá del discurso, deberían escuchar a las Victorias de México.