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Las astronautas y su gran papel en la investigación sobre la menstruación

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El periodo fue una de las razones que hizo que, por décadas, la mayoría de los viajes al espacio lo hicieran solo hombres


En otros siglos y culturas, las explicaciones que se buscaron a la menstruación estuvieron permeadas por pensamientos religiosos dominantes que terminaban asociándola con el pecado original o con algo sucio. Esto influyó de formas profundas la visión de millones de personas aún cuando el conocimiento y la ciencia comenzaron a arrojar nuevas maneras de ver y entender el proceso menstrual.

Al conocimiento médico antiguo le tomó siglos avanzar hacia la medicina que hoy conocemos, la llamada “medicina occidental” . No tiene ni 100 años que se entendió el control hormonal de la ovulación por el ovario y la glándula pituitaria, y tiene 120 que se comprendió la correlación de la morfología ovárica con la menstruación.

A pesar de esos avances, los prejuicios contra las mujeres, particularmente los que tienen que ver con su menstruación, llegaron hasta ya muy entrado el siglo XX y muchos siguen aún en pie. Fueron estos prejuicios los que se interpusieron para que las mujeres pudieran iniciar su camino en la historia espacial , dejando fuera –solo por el hecho de menstruar– a mujeres que calificaban incluso mejor que sus pares hombres.

En 1959, por poco y se logra ese otro “pequeño paso” para el hombre, pero uno grande para la humanidad, y no precisamente en el espacio, sino sobre el terreno de la equidad e igualdad de género.

La Fuerza Aérea de EE.UU . creó el programa Woman in Space Earliest (WISE), que buscaba, impulsado por la carrera con Rusia para conquistar el espacio, hacer pruebas y estudios a posibles candidatas para astronautas. Donald Flickinger, militar, y Randolph Lovelace II, médico especializado en medicina aeronáutica, estaban a cargo del programa y estaban también convencidos de que las mujeres serían una mejor opción para tripular una nave espacial debido a que pesaban menos y requerían menos oxígeno que los hombres.

A su programa invitaron a Geraldine “Jerrie” Cobb , una destacada joven piloto que comenzó a volar a los 12 años y a los 18 obtuvo su licencia comercial y privada; le pidieron que considerara ser la primera mujer en hacer las pruebas. Ella, entusiasmada, aceptó y también ayudó a identificar a otras posibles candidatas.

El contexto de esa época es muy importante para entender el (triste) desenlace de esta historia: en EE.UU. tres de cada cuatro mujeres no trabajaban; no había mujeres en la milicia y cualquiera con deseos de comprar una propiedad o sacar un préstamo del banco, necesitaba permiso de su marido.

Sin embargo, los 50 fue una década de transición, muchas amas de casa impulsaban a sus hijas a estudiar y a trabajar para que no repitieran su historia. En los 60, “las mujeres aumentaron su número en la fuerza laboral. Las hijas con estudios eligieron postergar matrimonios e impulsar sus carreras mientras sus madres, que comenzaron a conseguir tecnologías de control natal, regresaron a trabajar cuando sus hijos dejaron la casa”, escribe Cohen.

Ahora revisemos a grandes rasgos otro contexto. ¿En qué andaba la ciencia biomédica en torno a la menstruación entonces? Se investigaba a partir de muchos ángulos, desde metabólicos, anormalidades menstruales, menstruación y deportes, entre muchos otros, hasta “cambios de carácter” originados durante el ciclo menstrual. Una de las científicas más publicadas por esos años, Katharina Dalton , médico general en Edmonton, Inglaterra, junto con Raymon Greene, propusieron en 1953 en un artículo publicado por el British Medical Journal el término Síndrome Premenstrual (SPM), que hasta entonces era conocido como tensión premenstrual, “el más común de los desórdenes endócrinos menores”. En el artículo donde describieron el SPM aclaraban: “Hemos decidido usar el término ‘síndrome premenstrual’ con la completa conciencia de su imperfección. Cuando comprendamos completamente su causa podremos sugerir una nomenclatura más apropiada y exacta”.

Katharina Danton continuó publicando en el British Medical Journal. En 1959, “Menstruation and acute psychiatric illnesses”; en 1960, “Schoolgirls ´behavior and menstruation” y en 1961, “Menstruation and crime”; buscando una relación entre la menstruación y episodios psiquiátricos agudos, crímenes y hasta el mal comportamiento de chicas en edad escolar.

En ese contexto social y científico comenzó a circular en los medios con mayor fuerza que, tal vez, una mujer sí podría ir al espacio. Sin embargo, la Fuerza Aérea de EE.UU. temió que la opinión pública reaccionara mal ante la posibilidad de contemplar a una mujer como astronauta y cerró el programa antes de que se realizaran siquiera las pruebas físicas y de aptitudes entre Cobb y las otras candidatas. ¿Qué iba a pensar la sociedad de que sacaran de casa a esas buenas muchachas? Pero Flickinger y Lovelace no se dieron por vencidos y decidieron continuar con sus investigaciones por cuenta propia, buscando financiamiento con particulares.

Como lo explican detalladamente los investigadores del artículo A forgotten moment in physiology: the Lovelace Woman in Space Program (1960-1962), publicado por The American Physiological Society, Cobb y otras 18 mujeres pasaron por múltiples pruebas con resultados superiores a los de sus pares masculinos. En cuanto a experiencia como pilotos, ellas tenían más horas de vuelo que ellos: Cobb sumaba 10,000 horas y entre sus compañeras había quienes sumaban 9,000, como Irene Leverton, u 8,000, como Jan Dietrich y Bea Trimble, mientras el astronauta John Glenn, de Mercury 7, sólo reunía 5,100 horas (siendo el que más tenía de ese grupo, sus compañeros promediaban 3,000 horas).

Desafortunadamente, se cuentan con muy pocos registros de algunas de las muchas pruebas hechas al grupo de mujeres que “compitieron” para un puesto de astronauta en aquel entonces. Lo que sí sabemos es que en junio de 1963, cuando la rusa Valentina Tereshkova se convirtió en la primera mujer en viajar al espacio, para los tomadores de decisiones norteamericanos fue más fácil cerrar todas las puertas a las que buscaban ganar un lugar en el espacio, ahora tenían un argumento más a su favor: la mujeres de EEUU habían perdido ya la posibilidad de ser las primeras.

En 1964, mientras la tocaya de Cobb, Geraldine “Jerrie” Fredritz Mock se convertía en la primera mujer en dar la vuelta al mundo sola piloteando un avión, los investigadores JR Beston y RR Secrest publicaban el texto Prospective women astronauts selection program, en el Journal de Obstetric Gynecology con sus dudas y comentarios poco científicos sobre cómo podría alterar el ciclo mentrual el rendimiento de las mujeres en un viaje espacial: “las complejidades de unir un humano psicofisiológico temperamental y una máquina complicada son muchas (…), parece dudoso que las mujeres tengan demanda en los roles espaciales en el futuro muy cercano”.

La incógnita sobre cómo sería la menstruación en condiciones espaciales duró mucho tiempo y los prejuicios, también. Cuando Sally Ride, en 1983, se convirtió en la tercera mujer en el espacio y la primera norteamericana, le preguntaron en la NASA si 100 tampones serían suficientes para ella durante la misión STS-7, un viaje que duró seis días; además, le diseñaron un kit de maquillaje para el espacio que ella ni siquiera quería usar.

Ahora no se cuestiona el lugar de las astronautas en las misiones espaciales ni se les insulta con un kit para lucir “bonitas”. La menstruación se aborda desde un ángulo pragmático.

Según la ginecóloga espacial Varsha Jain, para una misión de tres años -lo que tardarían en ir y regresar de Marte- se “necesitarían alrededor de 1,100 píldoras para mantener los períodos alejados”, lo que significa un problema porque el vuelo debe lidiar con el transporte y la eliminación de todo el embalaje, “incluido el costo de lanzar cualquier carga adicional al espacio. El mismo problema se aplica a los productos sanitarios”. Ante la disyuntiva, la doctora Jain planteó una solución: la supresión menstrual para misiones largas usando implantes con agentes anticonceptivos reversibles de acción prolongada (LARC, por sus siglas en inglés). Hoy en día la última palabra la tienen las astronautas: ellas deciden si conservan o interrumpen su menstruación.[Office2]

Y así, a pesar de que en 120 años los avances biomédicos en cuanto a salud de la mujer han progresado y la menstruación ha dejado de ser un freno importante para las misiones espaciales, todavía falta mucho por hacer en el terreno de la equidad espacial. De 560 personas que han ido al espacio, sólo 65 han sido mujeres. Tal vez en este siglo, ese 11% ganado, a pesar de tantos prejuicios y ventajas patriarcales, aumente y ponga en un balance justo y merecido la balanza.