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Las llamamos toallas higiénicas, ¿acaso vemos la regla como algo sucio?

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Hablar de la menstruación como algo de interés público es la única manera de quitarnos de encima la vergüenza


Columna de opinión

Faltaban al menos dos años para que yo tuviera mi primera regla, pero yo ya tenía dos cosas muy claras: que la regla era que yo tendría que aprender a esconderla, y que esconderla era una forma de liberación.

Cuando era niña, quizás a los 9 u 8 años, mi abuela me regaló uno de esos paquetes “para principiantes”, que hacían las marcas de toallas higiénicas con muestras de todos sus productos, para promocionarse al tiempo que iniciaban a las niñas en el maravilloso mundo de la gestión menstrual. La caja traía un librito en donde explicaba, en un lenguaje claro y científico, que la menstruación era “normal”, que los ciclos menstruales son de veintiocho días, que los stickers a los lados de las toallas nos haría “libres” .

La caja y las toallas eran de un intenso color magenta, que parecía contradictorio con la promesa de “discreción” que venía explícita en los paquetes. Para ese entonces ya era consciente de que había una paleta de color muy específica para las toallas higiénicas y que se extendería a todo lo que tuviera que ver con lo femenino. Era por esa paleta de color que podían diferenciarse las toallas higiénicas de los pañales para adultos, dos productos que siempre van juntos en el pasillo de los supermercados designado para las cosas vergonzantes.

Para mi abuela esto sí era una maravilla. En aquellos tiempos en los que ella aún tenía útero, tenía que gestionar sus menstruaciones, largas y dolorosas, con pedazos de trapo cosidos con nodrizas a sus calzones de algodón, que obviamente le quedaban guangos porque la lycra no existía. Luego tenía que lavar esos trapitos y colgarlos en algún lugar ventilado y discreto, y todo esto le quitaba tiempo, y energía, pues implicaba una inmensa planeación; 12 días, cada mes. Cuando mi mamá era adolescente, tenía que ponerse unos arneses de elástico que sostenían, con ganchos, una gruesa toalla de algodón entre los calzones.

Para las generaciones de mujeres que vinieron antes que yo, la gestión menstrual era verdaderamente esclavizante. En comparación, las toallas higiénicas eran una liberación que había llegado por obra y gracia de la “tecnología”. Lo triste era que, aunque las técnicas de gestión menstrual eran más eficientes (el capitalismo necesita que las mujeres menstruantes salgan a trabajar) la vergüenza era la misma. En ese entonces no podía saberlo, pero hoy me doy cuenta de que no hay avance tecnológico posible que nos libere de esa vergüenza.

En la revista “Tú”, qué era lo que leíamos las niñas y adolescentes urbanas latinoamericanas en ese entonces, había una sección llamada “Trágame tierra”, nuestra favorita, en donde se contaban anécdotas vergonzosas. Invariablemente había al menos una historia sobre alguna chica que se había manchado, o a la que se le había caído la toalla higiénica del bolso para ser recogida por el chico que le gustaba. Como a nosotras aún no nos había pasado nada en la vida, leíamos los Trágametierra como si fueran lecciones de moral, y ahí aprendíamos que nadie nunca, y menos los hombres , debían darse cuenta de nuestra menstruación.

Durante todo el siglo veinte, la industria de toallas y tampones nos enseñó que el cuerpo ideal era un cuerpo a-menstrual. Ese cuerpo a-menstrual, era un cuerpo limpio, puro, siempre vestido de blanco, con la regla tan bien escondida que las modelos usaban ceñidos pantalones blancos que gritaban “nada que esconder”. Ese cuerpo a-menstrual era capaz de montar a caballo, jugar tenis, convencer a una mesa de inversionistas y luego tener una cita a la luz de las velas con un chico guapo. Ese cuerpo a-menstrual era delgado, blanco, femenino, sin problemas de autoestima o de dinero. Era un modelo aspiracional que también servía como advertencia sobre todo lo que podríamos perder si se rompía el hechizo del cuerpo a-menstrual y el mundo se daba cuenta de que no éramos más que hembras sangrantes, esclavas de nuestra animalidad, y encima, sucias.

Decimos que las toallas son “higiénicas”, porque la regla es sucia. Tan sucia que la palabra tiene que usarse como una advertencia en los productos de gestión menstrual, pero ni siquiera aparece en los paquetes de pañales. Tan sucia que en los comerciales de televisión se usa un líquido azul para representar a la sangre . Azul, que es el color de todas las cosas que no son orgánicas. Ver sangre menstrual, incluso cuando estamos hablando de la gestión de la sangre menstrual, es una inmensa vergüenza.

En los últimos años ha habido una gran revolución en los productos de gestión menstrual que usamos, a las centennials y millenials no nos gustan las toallas porque irritan, y contaminan, y muchas nos pasamos a la copa . Pero ese cambio no habría sido posible sin un cambio en el lenguaje que usamos sobre la menstruación.

El principal obstáculo de la copa, que es una maravilla, siempre fue que a las mujeres nos enseñaron a tener “asco” a nuestra propia menstruación. Hace unos años la idea de vaciar una copa de sangre en el lavamanos nos podría inducir náuseas. La idea de meter los dedos dentro de una vagina sangrante era demasiado pedir. Hace apenas unos años las redes sociales censuraban las fotos en donde se mostraba la sangre menstrual por ser “contenido ofensivo”.

Hablar de la menstruación como algo normal, cotidiano, y de interés público, sacar nuestras reglas del clóset de la feminidad mariana, heteronormada , es la única manera de quitarnos de encima la vergüenza, y el sentimiento de culpa tan absurdo que sentimos por tener la regla.

Los avances tecnológicos para la gestión menstrual no pueden liberarnos de un problema cultural: la idea de que la menstruación amarra, limita. Porque claro que es esclavizante tener que vivir la regla en permanente negación. La liberación verdadera no está en uno u otro método de gestión menstrual, sino en dejar de negar nuestro cuerpo y nuestras experiencias. Lo que nos amarra no es la sangre, es la vergüenza.